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Miguel Goñi Áriz, Beato

Por: . | Fuente: testigosdelaredencion.blogspot.com

Sacerdote y Mártir

Martirologio Romano: En Cuenca, España, Beato José Javier Gorosterratzu y cinco compañeros de la Congregación del Santísimo Redentor asesinados por odio a la fe ( 1936-1938)

Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Integran el grupo: José Javier Gorosterratzu Jauranena, Ciriaco Olarte Pérez de Mendiguren, Miguel Goñi Áriz, Julián Pozo Ruiz de Samaniego, Víctor (Victoriano) Calvo Lozano y Pedro Romero Espejo


Infancia e inicios de la vocación

El día 27 de abril de 1902, en el pueblo de Imarcoain (Navarra), ubicado en las faldas del lado norte de la Sierra de Alaiz, nació un niño en la familia de Domingo Goñi y María Áriz y al día siguiente, según expresión del mismo Beato “fue admitido en el amoroso regazo de la fe católica” al recibir las aguas bautismales en la Parroquia de San Martín, imponiéndole el nombre de Miguel. El 2 de marzo de 1904 recibió el Sacramento de la Confirmación de manos del Arzobispo de Pamplona Fray José López de Mendoza en el pueblo vecino de Torres de Elorz (Navarra).

Miguel, desde pequeño, fue iniciado por sus padres en la fe, recibiendo la primera Comunión a los 7 años. Después de terminar los Sacramentos de la Iniciación Cristiana continuó cercano a la Iglesia con el pequeño servicio de acolitar en la Eucaristía.

 Si en cuestión de fe había recibido una esmerada educación, no fue así en lo referente a la ciencia, pues, según nos relata, apenas si fue a la Escuela; y lo poco que aprendió lo hizo en su casa por afición. Para superar este problema sus padres pensaron enviarle interno a Pamplona; pero este camino se vio modificado: a los 9 años, en un episodio de miedo al infierno, su madre para consolarlo le ofreció estudiar para sacerdote, lo que él aceptó gustosamente. Desde ese momento estuvo preparándose para ingresar en el Seminario de Pamplona, pero la muerte de su padre hizo diferir la decisión. 

Por esas fechas fueron a predicar una Misión a su pueblo los Redentoristas P. Villoslada y P. Navarro. El carácter simpático de los Misioneros entusiasmó a miguel, que comenzó a sentir “hacia ellos una atracción irresistible”. Manifestado este sentimiento a su madre y al P. Navarro, decidieron que el siguiente curso comenzara en el seminario menor de los Misioneros Redentoristas.

Vida en la Congregación del Santísimo Redentor

Ingresó en el Seminario del Espino el 8 de septiembre de 1913. Allí, pasados los primeros días, vivió alegre y contento. El día 6 de abril de 1915 fue trasladado con sus condiscípulos al Seminario que los Redentoristas abrieron en el Convento de San Pablo de Cuenca. Según nos relata Miguel allí su vocación la vio tambalearse: en San Pablo “se deslizaron los años de jovenista atravesando por mil vicisitudes en las que fluctuó varias veces mi vocación y en las que ciertamente hubiera naufragado si la Virgen del Perpetuo Socorro no me hubiera prestado ánimo varonil para seguir adelante” (Curriculum Vitae, p. 6).

Terminada esta etapa comenzó el postulantado el 23 de julio de 1919 en Cuenca; el 24 de agosto partió para el Noviciado que comenzó en Nava del Rey el 25 de agosto de ese año con la vestición del hábito redentorista. Profesó el día 26 de agosto de 1920, tras la cual fue con el resto de su curso a Astorga (León) a realizar sus estudios sacerdotales. Estos, aunque no fueron brillantes, le permitieron acceder a las Sagradas órdenes, recibiendo el subdiaconado el 19 de septiembre de 1925 y el Diaconado el día siguiente y se ordenó de sacerdote el 27 de septiembre de 1925.

Su primera misión como sacerdote fue la de Misionero; sus sueños se había visto realizados pues esta tarea fue lo que prendió en su corazón al contemplar a los Redentoristas. Pero esta encomienda necesitaba su preparación, por lo que, terminado el curso, el 25 de agosto de 1926 viaja con la mayor parte de sus compañeros de Astorga a Nava del Rey, donde comenzó su segundo Noviciado el 30 de agosto bajo la tutela del P. Girón. Terminado este a finales de febrero de 1927 es destinado a Granada donde llega el 2 de marzo.

En la ciudad de la Alhambra se reencuentra con su condiscípulo, el P. Julián Pozo. Allí serán ambos testigos de la solemne Coronación Canónica del Icono del Perpetuo Socorro por el Sr. Cardenal-Arzobispo de la ciudad, Dr. Casanova que tuvo lugar el 12 de junio con la presencia del Superior General el Rvmo. P. Patricio Murray. En julio de 1928 marcha a Barcelona a la fundación de aquella comunidad, donde está hasta septiembre de 1929.

El 17 de ese mes llega a la Comunidad de Santander, donde estará hasta el 17 de septiembre de 1932 en que la obediencia le destina a Vigo. Durante ese tiempo de estancia en aquella comunidad colaborará con la comunidad con los cargos de Bibliotecario, Prefecto de Forasteros y al menos una tanda de Misiones por tierras de Orense.

En Vigo será prefecto de Iglesia y se empeñará sobre todo en el ministerio interno. Su ya frágil salud queda truncada por una afección pulmonar, que ocasiona tener que marchar a Nava del Rey en busca de un clima más seco, a donde llega el 25 de septiembre de 1935. Allí estará hasta enero de 1936, en que es destinado a Cuenca, donde le sorprenderá la persecución religiosa.

Por su delicada salud, se dedicó más al ministerio interno que a la Vida Misionera, que era lo que le motivó en su vocación. Su carácter alegre y extrovertido, su celo y entusiasmo apostólico y su trato agradable, le abrían los corazones para la acogida del Evangelio y le permitió granjearse simpatías por los lugares por donde pasó ejerciendo el ministerio.

La persecución religiosa

Miguel escribe a su familia una carta fechada el 30 de junio de 1936 en la que les dice:

“… el 2 de mayo de 1936, aniversario del otro 2 de mayo tan ensalzado en otro tiempo por el patriotismo castellano y que hoy ensalzan casi únicamente los vascos-castellanizados del Ebro para arriba, pues a los del Ebro para abajo les interesa más quemar iglesias y lucir camisas rojas, estuve a punto de perder el pellejo. Por cierto que al comentar después de la refriega con mi compañero de desventura, que es tan vasco como yo, nuestra mala suerte en fecha tan señalada en los anales de Castilla, le decía yo que sin duda eran los “Manes” de los héroes del 2 de mayo de Madrid quienes se habían ensañado de estos dos vascos auténticos, vengando así la rabia que les producía el olvido de sus compatriotas. Nada me hubiera extrañado que el Diario de Navarra, digo de Albacete, lo comentara de esta suerte, si se llega a enterar de lo sucedido. El caso fue que nosotros por milagro salvamos nuestras preciosas vidas… Hasta el 1 de mayo puede decirse que gozamos de normalidad relativa. Aunque ya desde mediados de abril se registraban casi a diario atropellos con elementos de Derecha (los pocos que aquí existen) no eran sin embargo tales que inspiraran temor para el futuro. Llegó el 1 de mayo, y conforme al ritual marxista, celebraron la obligada manifestación con profusión de banderas rojas, puños en alto y estómagos vacíos. Terminada ésta, yo mismo acompañado de unos amigos, vi como un grupo de revoltosos se apartaban del resto de los manifestantes y con toda decisión, como obedeciendo a una consigna, asaltaba el centro de Acción Popular y arrojaba cuanto en él había a la calle, improvisando con sillas, mesas, máquinas de escribir, 200000 papeletas electorales … una magnífica hoguera. Y todo ello a las barbas de la Guardia Civil, la cual desde el cuartel próximo al lugar de los sucesos contemplaba, como los demás, el inesperado espectáculo. Intentaron también quemar algunas iglesias; pero alguien de entrañas no tan fieras, logró disuadirles por el momento. Este fue el preludio del mitin… Por la tarde del mismo día intentaron asaltar el convento de San Pablo situado a las afueras de la ciudad y habitado por un centenar de Padres y Estudiantes Paúles… La Guardia Civil que desde algunos días antes “hacía” que lo custodiaba, al oír los primeros disparos de las turbas, disparó a su vez al aire, y como consecuencia de los mismos, las turbas pusieron los pies en polvorosa y, lo que fue peor, los pusieron también entre la confusión de la escapada, en las cabezas de algunos niños curiosones. Bastó para que pusieran el grito en el cielo y en los oídos del Gobernador, y para que hicieran correr la voz de que habían sido los frailes quienes disfrazados de Guardias Civiles habían disparado. Se declaró la huelga general para el día siguiente, exigiendo la salida inmediata de Cuenca de los Paúles. En efecto, los frailes recibieron orden de desalojar el edificio para el mediodía del día siguiente. Algunos de estos (y fueron los más afortunados) en previsión de lo que pudiera suceder a la mañana siguiente, salvaron campo a traviesa y durante la noche los 11 kilómetros que separa a Cuenca de la estación más próxima. Mientras tanto, los demás pasaron la noche empaquetando libros, muebles y objetos de culto con el fin de transportarlos en las primeras horas de la mañana en varios camiones a Pamplona. Pero al día siguiente y ya desde las primeras horas las turbas y los pistoleros llegados de Madrid con fines electorales fueron dueñas de la población. Volcaron los camiones que llevaban los enseres de los frailes, robaron cuanto quisieron, profanaron vasos y ornamentos sagrados paseándose con ellos por las calles y a algunos de los Paúles les propiciaron salvajes palizas. Y ese día por la mañana fue cuando también yo gusté y supe a que saben tan bárbaras caricias. Salí con otro amigo para ver el sesgo que tomaban los acontecimientos y milagrosamente la salida no terminó en entrada en el otro barrio. Lucía yo un traje presentable y una boina, la cual, según me enteré después, aquí casi solamente la policía secreta la lleva. Mi compañero un mono recién estrenadito. Al salir a la calle alguien le dijo a mi compañero que con aquel mono nadie le conocía. ¡Cómo se equivocó! Pues mi compañero fue el que me perdió. De mí, los primeros comunistas que se nos acercaron decían que quizás fuera policía, pero del otro, por su cara fina, su modo de andar y su mono nuevecito, repetían que sin duda era Paúl. Las primeras sospechas de nosotros comenzaron cerca de San Pablo donde se habían reunido gran muchedumbre para asaltar el convento y apalear a los paúles. En el principio logré yo convencer a algunos de que éramos de Madrid y que habíamos llegado la víspera de las elecciones. Aquel día toda cara desconocida se les antojaba que era de fraile Paúl. Ante la insistencia de algunos de ellos, eché yo mano de algunas frases gruesas que me dieron buen resultado. Pero que mi compañero era fraile nadie les quitaba de la cabeza. Usted no será fraile, pero ese otro sí que lo es – repetían sin cesar. En esto llegan los Guardias de Asalto y les obligan a que nos cacheen. Esta fue nuestra perdición. Al vernos sin armas y mi prestigio de policía por tierra, se abalanzaron sobre nosotros. Todavía por instinto hicimos ademán de echar mano a la pistola, ellos huyeron por un momento, momento que nosotros aprovechamos para meternos en la primera casa. En ella nos defendimos durante dos horas, con la esperanza de que al fin vendría fuera en nuestra ayuda. Pudimos escapar por la puerta trasera, pero nos la cerraron. Dos puertas cayeron por tierra hechas astillas. Al fin agotados los medios de defensa y viendo que nadie salía en nuestra defensa, antes de abrir la última puerta ya medio rota, me decidí a dirigirles la palabra, haciéndoles ver que era el propietario quien salía perdiendo y dándoles palabra de ir con ellos al Gobierno Civil donde se identificaría nuestra personalidad, pero a condición de que no nos pegaran. Los cabecillas entraron en razón. Salimos y al vernos entre aquellas turbas, yo pensé que no lo contábamos jamás. Gracias a que algunos más comprensivos hicieron lo que pudieron para que no nos pegaran más brutalmente. Llegamos al Gobierno Civil con vida, que no fue pequeña hazaña; y yo sin mi boina bilbaína que quedó perdida en la refriega. El pánico que se apoderó de los elementos derechistas era enorme. Aquel día ninguno de ellos salió a la calle. Trataron varios jóvenes hacer un llamamiento a todos los hombres de orden para defender los conventos e iglesias, y solo se presentaron ocho. … Si aquel día (o cualquier otro) les da por incendiar todas las casas religiosas, lo pueden hacer con toda libertad. Y conste que Cuenca es la provincia mejor de Castilla la Nueva. … Miguel”

El día 20 de julio de 1936 sale de la Residencia de San Felipe y se hospeda junto con los PP. Olarte, Jorge y Posado en la casa que el Sacerdote Canónigo D. Acisclo Domínguez tenía en la calle Andrés Cabrera; salían a la Catedral a celebrar la Eucaristía. Pero a los pocos días se dieron cuenta que eran el centro de atención de los milicianos que patrullaban por las calles, y disolvieron la improvisada comunidad el día 25.

Los PP. Posado y Jorge fueron a las Hermanitas y el P. Miguel Goñi acompañó al P. Ciriaco Olarte a la calle Los Pilares, casa de otro sacerdote amigo de la comunidad de San Felipe, D. Enrique García, Beneficiado de la Catedral de Almería. Siguieron saliendo a celebrar a la Catedral; una noche enviaron a un monaguillo para pedirle al H. Benjamín que les consiguiera un cáliz y para darle el siguiente: “escóndete bien, que de nosotros todos saben que estamos aquí, y cada día se pone peor” (Cf. H. Benjamín). La vida que llevaron en casa de D. Enrique fue la de un continuo retiro de oración, preparándose los tres para un futuro incierto, pues veían como las cosas cada día estaban peor.

El día 31 de julio, después de celebrar los tres sacerdotes la Santa Misa se presentaron unos milicianos en la casa y hacen un registro; ante la presencia de los redentoristas, D. Enrique les aclaró que eran amigos suyos, y estos se fueron. Volvieron al poco rato y les dijeron a los PP. Goñi y Olarte: “¡Quedan detenidos! Quítense los guardapolvos [refiriéndose a las sotanas] y sígannos”. D. Enrique y su asistenta intentaron impedir que se los llevaran, pero un miliciano les dio un empujón y les fritó: “Quítense o los aso”. Los dos redentoristas supieron su destino y se despidieron de D. Enrique diciéndole “Hasta el cielo”.

Dado que daban las 10:00 hs. en la torre Mangada de una mañana de verano, muchos les vieron pasar en medio de la ciudad: calle Pilares, calle Severo Catalina, bajada de las Angustias, postigo de los Descalzos, Ermita de la Virgen, Puente de los Descalzos…; toda una ruta turística detallada en las guías turísticas. Iban entre un grupo de milicianos que los llevaban a empujones, insultos y vivas a Rusia y al ritmo de la internacional. Al llegar al puente se adentraron por una senda a la orilla del Júcar en dirección a la estación eléctrica del Batán. En un desmonte de una antigua cantera los pusieron a subir un terraplén, y los milicianos, desde arriba y abajo descargaron sobre ambos siervos de Dios. Varias personas fueron testigos del macabro cuadro. El cadáver del P. Goñi sufrió rotura premortem y posmortem de huesos, tal como se ha podido ver en la recognición reciente de los restos. Ambos fueron abandonados en el descampado con una vigilancia para que nadie se atreviese a acercarse; poco a poco, sin poder precisar la hora de la muerte, se fueron desangrando; según la partida de defunción el P. Miguel Goñi murió “el día treinta y uno de julio último sobre las veinte horas a consecuencia de hemorragia y destrucción cerebral”. Por la noche fueron recogidos ambos cadáveres e inhumados en la fosa común.

El P. Goñi junto con el P. Olarte fueron los protomártires mártires de la ciudad de Cuenca. A ellos les seguirá el Sr. Obispo junto con su secretario.

S.S. Benedicto XVI firmó el 20 de diciembre de 2012 el decreto con el cual se reconoce el martirio del Siervo de Dios José Javier Gorosterratzu y sus cinco compañeros de la Congregación del Santísimo Redentor.

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